La baronesa del Tango

Los músicos seguían reuniéndose día tras día a hacer lo que mejor hacían, el inicio musical del tango se iba expandiendo por conventillos y ya hasta salía de ellos, pero no había quien compusiera, quien escribiera, ni quien lo sacara de la pobreza. Es así como nos cruzamos con personajes como el que describo a continuación. Y además tengo el orgullo de informaros de que este personaje bastante olvidado pero fundamental para el Tango era una mujer.

Eloisa D’Herbil De Silva era una gaditana de alta cuna, su padre era barón y su abuela materna había sido duquesa. Desde muy pequeña ya se interesaba por la música, así que su padre contrató como profesor de piano para ella a Franz Liszt, uno de los mejores pianistas Europeos de la época. Cuando tenía 18 años se mudó junto con su familia a La Habana, donde siguió estudiando piano, esta vez con el pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk. Pero el hecho determinante vino cuando de camino a Buenos Aires, donde iba para acompañar a su profesor que daría un concierto en la capital Argentina, conoció al uruguayo Federico de Silva y se enamoró de él, sería su futuro marido. Pero no sólo de él también se enamoró de otras muchas cosas: de una ciudad, de una cultura y del Tango.

Era una noche calurosa de Diciembre, el auditorio había estado abarrotado, le dolían los pies pero le apetecía caminar, adoraba esa ciudad. Los demás iban delante, afortunadamente ya que no recordaba el camino a la residencia de sus amigos. De repente algo la distrajo, de una callejuela paralela una música que le recordó en un punto a la niñez, la atrajo como un canto de sirena. Pidió a los demás que esperaran un momento y se adentro hasta una pequeña plazuela. Una vez allí los vio; eran unos seis o siete hombres, un par de mujeres vestidas con poca ropa, algunos chiquillos correteaban alrededor, la música era mágica. Divisó un par de guitarras, un violín y una flauta. Podía incluso palpar aquella música que impregnaba su oído interno, como la humedad impregnaba las calles. Así empezó todo.

A partir de los 26 años, y hasta su muerte, residió en Buenos Aires junto con su marido. Allí pudo codearse con la más alta clase argentina y fue esto lo que le ayudó a otorgar al Tango un lugar más importante en su historia. Su flechazo con el tango fue inmediato y mientras se paseaba por las calles porteñas iba impregnando su cabeza con sonidos a los que después le daría forma en partituras. De tal forma, Eloisa de Silva, escribió tangos ya existentes en las calles como El Queco; que se convirtió en uno de los primeros tangos. Así mismo, la genial pianista compuso más de cien tangos. Por su posición social no sólo compuso sino que dio al tango un lugar más importante en el mundo, lo sacó de los burdeles y lo acercó más a la alta sociedad empezando así una nueva corriente tanguera que le daría éxito más allá de las calles.

CPA

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